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06 diciembre 2014

Velmiro Ayala Gauna_Era


Había cesado de llover. El "urú", encargado de la torrefacción de la yerba, acomodó las ramas en el "barbacuá" para que el fuego no las tostara demasiado, se pasó el dorso de la mano por los irritados ojos y clavó la mirada en el trozo de paisaje que alcanzaba a divisar. Las gotas aún temblaban sobre el verde de las hojas, el río bramaba en su estrecho cauce y breves arroyuelos se descolgaban de las altas barrancas. Sobre el fondo rojizo de la tierra misionera el agua brillaba con reflejos de sangre.
-Mesma que los surcos que dejan los latigazos en las espaldas de los "mensús" - pensó don Sinecio y empuñando una horquilla de madera movió las ramas.
Cortó un trozo de cuerda de tabaco brasileño y empezó a masticarlo golosamente.
De las estrechas picadas del monte vecino comenzaron a llegar los "tariferos" con sus "raídos" o sea la cosecha de yerba sobre las fuertes espaldas. Entre ellos, soeces y altivos, con sus altas botas, la fusta en la mano y el revólver al cinto venían los "capangas", brutales delegados de la autoridad del patrón.
Se detuvieron cerca del "barbacuá" y el capataz empezó a pesar las cargas gritando en alta voz la cantidad para que un compañero las fuera anotando en el menguado haber del trabajador.
-¡Cruz Alarcón, doce arrobas...!
-¡José Maidana, ocho y medio...!
-¡Paulo Sosa, diez!...
-¿Cómo diez! - intentó protestar el afectado, pero el capataz replicó fiero:
-¡Diez arrobas y escasas...!
Un "capanga" empuñó la fusta amenazador y Paulo Sosa se resignó.
-Güeno, diez, creiba que eran más...
Y así seguían las mediciones a gusto y capricho del encargado frente a la impotencia y la angustia de los "mensús".
Don Sinecio, el "urú", seguía moviendo las hojas y viendo cómo los peones iban acercándose a sus ranchos a comer sus mezquinas pitanzas de maíz hervido, porotos negros o charqui con fariña.
Algunos chicuelos raquíticos de piernas delgadísimas y enormes vientres jugaban con infantil inconsciencia por los senderos y unas pocas mujeres salían de sus ranchos al encuentro de los hombres.
El "urú" lanzó al aire un grueso escupitajo y reflexionó en voz alta dirigiéndose a su ayudante, un paraguayo imberbe.
-Si es como yo te digo, Lucindo, la vida es como las jembras, naide sabe lo que escuenden...
-Ansí ai de ser, Ño Sinecio...
La noche tendió su gastado poncho de sombras, donde quedaron prendidos los abrojos lucientes de un millón de estrellas, recogidos en los infinitos caminos del cielo.
-Sí, muchacho, es como yo te digo -repitió el "urú" - la vida y las jembras tuitas son lo mesmo...
Un "suindá" chistó en la sombra y el viejo se interrumpió diciendo:
-¡Cruz diablo!
Luego se persignó temeroso.
* * *
Paulo Sosa había venido con su mujer, una muchacha de escasos diecisiete años, con quien se había "juntado" en Villa Rica. Vestida con traje de hombre: amplias bombachas, blusa flotante, pañuelo al cuello y gran sombrero, había Pasado inadvertida al hambre sensual de los "capangas". Por las mañanas iba con su hombre al monte y mientras éste cortaba las ramas de la yerba-mate ella procedía a "zapecarlas". Para ello buscaba la leña del María Preto, el espinillo y otras plantas no resinosas. El "zapecado" debe hacerse el mismo día de cortadas las ramas porque sino las hojas se ennegrecen, se marchitan y desprenden. Además para ese primer tostado, no debe usarse leña con resina porque ésta les quita su aroma y les contagia su olor particular.
Con la ayuda el "raído" de Paulo Sosa era siempre el más pesado y por eso los otros "tariferos" le habían bautizado "Caá-yarí", la abuela de la yerba.
Pero un día, don Carlos, el administrador, alcanzó a verla y quedó prendado de su belleza adolescente.
Entonces fue a verlo a Sosa y la pidió "prestada" como si en vez de una mujer hubiera sido un caballo, una silla o una mesa. El hombre firme; pero respetuosamente, desoyó las promesas y desechó las amenazas y para él empezaron las persecuciones. Los enviaban a "tarifar" a los lugares más enmarañados, allí donde había que cansar el brazo abriendo picadas hasta dar con un árbol de pobre follaje, le robaban en el peso de los "raídos" y le cargaban el doble en el precio de las provisiones.
Un día, Fonseca, uno de los "capangas", ordenó:
-Mañana saldrás a "descubertear" con Joao Francisco y el indio Yarará...
-Yo vine a "tarifar", no de "descubertero"...
-Vos vas a dir donde te manden... - rugió el otro.
-Güeno... -asintió manso-. ¿Y mi mujer?
-Se quedará aquí a esperarte... ¿No te la pensarás Ilevar?
-¡Ajá!... - fue su único comentario.
Un mes pasó en el monte con sus compañeros, abriendo picadas con el machete, durmiendo al raso, acosados por los mosquitos y los insectos, sufriendo lluvias y padeciendo hambres hasta que dieron finalmente con un grupo de las codiciadas plantas, las marcaron y volvieron con la noticia. Sucios, haraposos y flacos cayeron al campamento. Después de dar la novedad, Paulo Sosa fue a su rancho y lo encontró vacío.
-¿Y mi mujer? - preguntó a Fonseca que lo había seguido.
-Se cansó de esperarte y se mandó a mudar. Creo que está con el brasilero Guimaraes... - fue la respuesta brutal.
-¡Ajá!... - dijo Sosa tranquilamente.
Luego de asearse, se tendió en el lecho y durmió pesadamente hasta el otro día.
Y como si nada hubiese pasado estuvo a la mañana siguiente con los "tariferos". De boca de ellos fue conociendo la verdad: A su mujer la habían llevado a la fuerza a casa del administrador, allí la tuvo éste por espacio de una semana y, luego, como le había gustado a Guimaraes que vino a visitarlo, se la vendió por sesenta pesos.
-¡Ajá!... - dijo Sosa y siguió cortando ramas con su machete.
Cuando al caer la tarde, volvían los peones del campamento, el paraguayito solía decir al viejo "urú":
-¡Véalo a Sosa! Manso como un güey y eso que le robaron la "cuñ á"...
Don Sinecio lanzaba un grueso escupitajo negro y luego decía sentencioso.
-Si es como yo te digo, muchacho, el remanso no hace bulla y es el que traga más gente...
-Ansí ai de ser, don Sinecio... ansí ai de ser...
* * *
Para el mes de junio, Sosa terminó su "conchaho" y fue a la administración a arreglar sus papeles. Don Carlos y los "capangas" se mantuvieron alertas, con las armas al alcance de las manos, temerosos que, a último momento, estallara la contenida rebelión del "mensú".
Pero no ocurrió nada y Sosa, humildemente, se retiró de la oficina y marchó hacia el harco que esperaba, no lejos de la costa para llevarlo junto con otros pocos que también habían terminado su contrato a Posadas, la capital del "oro verde". Pasaron los días y una mañana de agosto volvió Sosa al campamento. Tras él venía, coqueta y sensual, una morocha de grandes ojos negros, boca encendida y cuerpo ondulante. Cubría su cabeza con un mantón verde y tenía ambos brazos envueltos en largos guantes blancos.
El propio don Carlos salió al encuentro de la pareja.
-¿De vuelta, Sosa?
-Ansina es, patrón... Me fui a buscar otra "cuñá" porque solo no me hallo.
-Está bien, Sosa, está bien... Allí tenés un rancho desocupado y sabés que tenés cuenta abierta en la proveeduría.
-Gracias, patrón, gracias... - dijo Sosa y seguido de su mujer fue al rancho que le había señalado.
Lucindo, el paraguayito, dijo al verlo, dirigiéndose al "urú".
-¿Vido, Ño Sinecio, que golvió don Sosa?
-Vide.
-Y trajo una mujer nueva pa don Carlos... Si es un güey... un güey...
Don Sinecio dejó de mascar su bolo de tabaco y replicó:
-Pero aunque sean guampas'e güey lo mesmo tienen punta y dentran... Si es como yo te digo, müchacho, la vida y las jembras naides saben lo que escuenden.
Observó el fuego y señaló al peoncito:
-Andá, da güelta a esas ramas que se están tostando mucho.
* * *
A1 tercer día don Carlos, que andaba rondando el rancho de la recién llegada, la vió arreglándose el cabello en el interior de la habitación semi en penumbra.
Entró y le dijo:
-Se te van a gastar esos lindos ojos en la oscuridad.
-¡Qué esperanza! Si yo veo bien...
-¿Y qué cosas ve?... ¿Su hermosura?
-Zalamero había sido...
La voz cálida y prometedora enardeció aún más al hombre. Se acercó a ella y le acarició el cabello.
-Parece seda... - dijo.
Las manos tremantes bajaron al seno opulento y se cerraron como garfios.
La mujer intentó resistirse y amenazó:
-¡Váyase! Que a lo mejor viene mi hombre...
-¡Qué va a venir! Si está en el monte. Por lo menos hasta dentro de cinco horas no va a aparecer.
-Pero... ¿y los otros?
-Los otros no van a decir nada... - respondió él y cerró la puerta. Luego la tomó en brazos y la llevó al lecho.
Sus labios ávidos se durmieron en la boca húmeda y sensual que se entregó sin resistencias.
Se despojaron de las ropas y se llenaron de caricias. Ella, sin embargo, conservaba sus guantes.
-¡Sacátelos!... - ordenó entre dominador y solícito.
-¡No!... pidió ella.
-¡Sacátelos!... - reiteró imperioso.
Obedeció la mujer y un leve olor a carne corrompida inundó el recinto.
-Alguna rata muerta - pensó don Carlos y volvió a besar golosamente a su compañera. Sus labios se hundieron con fruición en los labios ardientes. Las manos de ella pasaron lentamente sobre el cuerpo desnudo del hombre. Estaban calientes y húmedas y dejaban un rastro viscoso sobre la piel.
-Será el sudor... -pensó-. ¡Claro, si las tenía enguantadas...!
Y para olvidar fue besándole las mejillas, la garganta, los hombros... Pero el olor a podredumbre seguía hiriéndole la pituitaria.
Más tarde, al sentarse en el borde del lecho para volver a vestirse, le preguntó:
-Decime, negra, ¿de dónde te fue a sacar el Sosa ése?
-¿A mí?
-Sí, a vos.
-Me robó.
-¿De dónde?
-Del lazareto de isla Cerrito, frente a Corrientes -dijo la mujer y el hombre sintió que un sudor frío lo cubría-. Tres años estuve enferma... dicen que con lepra, pero ahora estoy casi sana -continuó y abriendo la puerta para que entrara la claridad mostró las manos y los brazos hechos dos llagas nauseabundas-. Ves, cuando se me curen éstas...
Mas don Carlos dando un grito tremendo de pavor y de asco escapó del rancho y se lanzó a correr desnudo por los caminos. De vez en cuando se detenía y se cubria de tierra y de hojas restregándolas con fuerza contra el cuerpo como para limpiarse de aquellas caricias que le ardían en la piel, hasta que, de pronto, rompió a reír enloquecido y se internó corriendo por una picada del monte.
Después de intensa búsqueda lo encontraron a los tres días revolcándose en un charco, casi muerto de hambre y de frío.
Ya nunca más recobró el juicio.
Paulo Sosa y su mujer aprovecharon la confusión y escaparon o los mataron en el monte.
Nadie supo más de ellos.


Velmiro Ayala Gauna_Era


Chas... chas... hacían las pisadas sobre la tierra del camino. Pequeñas nubes de polvo se alzaban a su paso y morían sobre la sombra que dejaba su cuerpo enjuto. El pesado silencio de la siesta sólo era interrumpido por el chirriar de las chicharras y el arrullo quejumbroso de la "palomita de la virgen".
-Va a llover esta noche... -sentenció Juan Sandoval y se detuvo al reparo de un frondoso urunday.
Se sacó el raído chambergo de alas anchas y, pasando el dedo índice apretado contra la piel, se libró del sudor que corría por su rostro.
Atrás quedaban las casas de Itá-Ibaté y como a trescientos metros delante estaba su rancho. No lejos de allí pasaba el Paraná y más lejos aún se veía la costa verdeante del Paraguay.
El paisaje familiar puso un momentáneo brillo en los ojos oscuros del caminante. Siete años de ausencia no habían podido hacerlo olvidar y los pequeños cambios saltaban inmediatamente a fijarse en su memoria.
-Han hecho un rancho nuevo cerca de lo de don Paiva... Han cortado el yatay que había en el boliche...
Su mirada iba recorriendo el contorno y, al final, como cansada se detuvo en la amplia sombra del árbol que le daba abrigo. Y allí vio, apenas si separadas por unos pocos centímetros, los brazos siempre abiertos de tres cruces. La más grande era la de su padre Crisóstomo Sandoval quien, con sólo el reparo del viejo tronco, se había defendido contra el comisario y seis agentes, allá por 1917. Mató a tres, pero tras varias horas de intenso tiroteo y cuando no le quedaban más balas en su remington "colí", fue muerto y degollado en ese mismo lugar; la crucecita blanca que estaba más allá era la del hijito de la Flora, su prima, que un día de tormenta buscó el reparo del árbol y allí fue muerto por un rayo y la tercera, la más nueva, era la de su amigo, Zoilo Carranza.
-Buen amigo el Zoilo... pero tan porfiado...
Evocó su rostro aindiado y las andanzas comunes llevando hacienda hasta Mercedes, trayendo caña y tabaco del Paraguay, cazando carpinchos en los esteros del Iberá...
Un día, después de haber estado bebiendo en el boliche, volvían bien saturados de la fuerte caña paraguaya por el mismo camino. Con lengua estropajosa cantaban aires de la tierra. Terminaban de hacerlo con el tradicional "Alfonso Lomas", cuando Zoilo propuso:
-Y ahora "El carau"...
-Bueno... - asintió Juan y empezó:
"Amigos y camaradas
a todos les sé amar..."
-No, pues, chamigo -interrumpió Zoilo- es "a todos les sé contar"...
-Que te pa va a ser así, es "les sé amar...".
Y de esta manera la discusión tuvo su origen. El alcohol ayudó a encender los ánimos y el incidente epilogó en un furioso duelo criollo al pie del urunday donde perdió la vida Zoilo.
Siete años "pagó" Juan por esa muerte en la cárcel de Corrientes y ahora estaba, otra vez de vuelta, en el mismo lugar de su "desgracia".
Juan Sandoval se acercó a la cruz que marcaba el lugar donde cayó el amigo y se persignó.
Sus labios se agitaron en un rezo.
El fuerte sol de noviembre caldeaba el ambiente con ardores de fragua. Chirriaban las chicharras su mal aceitado canto y las "palomitas de la Virgen" lloraban sus amores.
Juan Sandoval entró en su rancho como si en lugar de siete años antes lo hubiera dejado el día anterior. Se detuvo un rato en la puerta para acostumbrar sus ojos, deslumbrados por el sol, a la semioscuridad del ambiente y fue a sentarse en el borde de la cama. Su mujer que liaba cigarros sobre la mesa, lo miró unos segundos, terminó de pegar la hoja de tabaco para concluir su trabajo y ofreció:
-¿Querés unos mates?
-Bueno.
Ella se acercó al brasero de hierro que estaba en el centro de la habitación, tomó la pava y dejó caer un chorrito de agua que tocó ligeramente con un dedo.
-Está fría... - dijo.
-Está bien, mientras me voy a lavar... - respondió el hombre. Colgó su sombrero en un clavo y por la puerta del fondo salió a un patio donde dormía un perro y corrían unas gallinas.
El animal abrió un ojo, reconoció a su patrón y, sin levantarse, agitó la cola en señal de bienvenida. Luego bajó el párpado y volvió a dormirse, Juan llegó al pozo, arrojó el balde al fondo del mismo y lo retiró rebosante de agua cristalina. Hundió en ella las manos y se arrojó el líquido sobre la sudorosa cabeza, después volcó el resto sobre sus pies y dejando una húmeda huella sobre el piso volvió al rancho.
Ya el agua silbaba su primer hervor y la mujer escupía sobre el piso las chupadas iniciales. En eso, llegando desde la pieza contigua, apareció una muchacha. Era pequeñita pero bien formada y su rostro moreno no carecía de gracia.
-La bendición taitá... - dijo acercándose a él con los ojos bajos.
-¡Dios te haga una santa m'hija...! - respondió Sandoval y acarició los negros cabellos de la moza.
¡Cómo había crecido su Lucinda! Era una chiquilla de diez años que se prendía desesperadamente de sus bombachas, llorando sin consuelo cuando se lo llevaron.
Ahora era una mujer. Y buena moza además.
Tomó el mate que le acercaba su compañera y anunció:
-Mañana voy a mover la tierra... Esta noche va a llover.
-Ajá... - afirmó su mujer.
De pronto, el llanto de un niño, se alzó imperioso en la otra pieza.
Rápidamente Lucinda acudió al llamado.
Ante la mirada interrogativa del hombre, la mujer explicó:
-Es Juancito. El hijo'e la Luchi...
-¿Y el padre?
Es un paraguayo marinante...
-¿Le dio el nombre?
-No.
-¿Le ayuda?
-No. Hace unos meses que dejó de venir.
-¡Ajá!... - concluyó Sandoval.
Y siguió tomando mates.
* * *
El 6 de diciembre, aniversario de su muerte, iban a "velar la cruz" de don Crisóstomo. Las mujeres estuvieron todo el día ocupadas en preparar pasteles y otros comestibles. Luego liaron cigarros y arreglaron la pieza, emplazando al fondo un sencillo altar donde fue colocada la cruz del finado.
-Juan fue al boliche del turco Elías a comprar caña para la concurrencia. Allí de labios del gárrulo comerciante conoció las señas del paraguayo seductor y se enteró de que tarde andaría por el pago:
-...porque ahora anda tras la mayorcita de los Ponce... - explicó el turco.
Sandoval nada dijo. Cargó al hombro la ventruda damajuana y volvió al rancho.
Con las primeras sombras de la noche comenzaron a llegar los invitados.
La mayoría iba al patio a sentarse en las sillas allí preparadas y a tomar interminables tandas de mates, interrumpidas de vez en vez, por una vuelta de caña, acompañada de pasteles, tortas de maíz o rosquetas.
Cuando llegó Da. Froilana, la curandera, empezó el rosario y los asistentes, reunidos en la habitación, acompañaban lós rezos.
-"Dios te salve, reina y madre...".
Afuera una lechuza silbó agorera.
Terminadas las oraciones, Juan Sandoval salió al camino y se perdió en las sombras. Regresó cuando era bien entrada la noche y en el rancho sólo quedaban unas cuantas viejas y cuatro o cinco hombres.
Juan se aproximó al fogón improvisado en el patio y empezó a tomar mates que le alcanzaba su mujer.
Luego sacó el cuchillo de la vaina y comenzó a restregar su hoja contra la ceniza. Lloró la criatura y la abuela fue en su busca.
Al volver, con el nieto en brazos, una vieja le interrogó:
-Es el hijo'e Lucinda, ¿no?
-Sí.
-¿Y el padre?
-Es un paraguayo mari...
Pero no pudo continuar porque la interrumpió la voz grave y pausada de Juan que dijo:
-¡Era...!
Las mujeres se persignaron y en medio del silencio que ocasionó esa palabra, llegó hasta ellos el rumor de los rezos:
-"...que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos...".

La luz del fuego ponía reflejos de sangre sobre la brillante hoja del cuchillo que Juan Sandoval seguía limpiando pausadamente entre las cenizas.